Desde las alturas se divisa "El Real de San Vicente", y el valle desaparece bajo un manto blanco que no es nieve ni espuma, sino niebla dormida.
Un mar de nubes se extiende hasta donde alcanza la vista, ondulando suavemente como si respirara.
Subí temprano, cuando el frío aún guardaba la noche entre las piedras. El sendero serpenteaba entre jaras y robles, y cada paso parecía acercarme a un secreto antiguo. Al llegar a la cumbre, el paisaje me dejó sin palabras.
Allí abajo ya no estaba el pueblo, ni los caminos, ni los campos. Solo un océano blanco, espeso y sereno, cubriéndolo todo. Las cimas de los montes asomaban como islas suspendidas en la nada, pequeñas y firmes en mitad de aquella inmensidad vaporosa.
El sol comenzó a elevarse lentamente, tiñendo las nubes de tonos rosados y dorados. Por un instante, sentí que no estaba en la tierra sino sobre el cielo, como si el mundo se hubiera dado la vuelta. El aire olía a tomillo húmedo y a invierno recién nacido.
Me senté en una roca, contemplando aquel mar que no moja, que no arrastra, que no ruge. Un mar que calla. Y en su silencio comprendí que hay paisajes que no se miran, se guardan.
Cuando la niebla empezó a disiparse, el valle volvió poco a poco, como un recuerdo que regresa. Pero algo había cambiado: ya sabía que, bajo lo cotidiano, a veces duerme la magia.
Mar blanco en la sierra
En la sierra callada y bravía,
cuando el alba despierta sin prisa,
se derrama una mar de neblina
que en silencio la tierra bautiza.
No es agua la espuma que veo,
ni sal la que el viento levanta,
es nube tendida en el valle
como sábana blanca y santa.
Islas de monte emergen
rompiendo el océano leve,
y el sol, marinero dorado,
sobre la bruma se atreve.
Late el mundo debajo, escondido,
bajo un manto de calma infinita;
y yo, náufrago en roca alta,
miro el cielo a mis pies… y me habita.
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