lunes, 9 de febrero de 2026

El Piélago (Entre robles...) - Nacimiento del río Guadyerbas - Navamorcuende (Toledo)

El Piélago (Entre robles...) - Nacimiento del río Guadyerbas - Navamorcuende (Toledo)


 
He subido y bajado esta sierra tantas veces que ya no sé si soy yo quien camina por ella o si es la Sierra de San Vicente la que me lleva a mí.
 
De crío, cuando aún me quedaban las rodillas limpias y la voz fina, mi padre me enseñó los caminos sin nombre. “Mira bien”, me decía, “que el monte habla bajito, pero no se equivoca nunca”. Y yo le seguía entre los robles del Piélago, donde la sombra es antigua y el aire huele a musgo y a historia. Allí aprendí a escuchar el silencio, que no está vacío, sino lleno de cosas que no hacen ruido.
 


 
He visto nacer el Guadyerbas más veces de las que puedo contar. No nace de golpe, no. Se va formando despacio, como se forman los recuerdos: gota a gota, entre piedras frías, como si el agua dudara antes de echar a andar. Muchas mañanas me he sentado a su lado, con las ovejas rumiando cerca, pensando que ese hilo de agua era como yo: pequeño al principio, testarudo después, siempre buscando su camino cuesta abajo.
 
La sierra me ha visto joven y me ha visto cansado. Me ha visto correr tras una res perdida y volver cojeando al caer la tarde. Me ha visto llorar sin que nadie se diera cuenta y también reírme solo, por cualquier tontería que aquí arriba parece importante. Los robles no preguntan, solo guardan.
 
Navamorcuende siempre ha sido el punto de partida y el de regreso. Desde arriba, el pueblo parece un puñado de tejas agarradas a la tierra, resistiendo como hemos resistido todos. Muchos se fueron. Yo me quedé. No por valiente, sino porque la sierra me había hecho suyo sin pedirme permiso.
 



 
Ahora subo más despacio. El cuerpo protesta, pero el alma sigue sabiendo el camino. Cada piedra, cada vereda, cada cambio de luz según la hora del día me resulta familiar, como la cara de un viejo amigo. Cuando el viento baja desde el Piélago y mueve las ramas, juro que oigo voces antiguas: la de mi padre, la de otros pastores que ya no están, la mía propia cuando aún no sabía lo que pesaba el tiempo.
 
Y mientras me queden fuerzas para subir y bajar, aunque sea despacio, seguiré viniendo. Porque uno no se jubila de la sierra. La sierra, si acaso, es la que un día decide guardarte para siempre entre sus robles, junto al agua que nace y no se cansa de seguir.
 















 
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David Miguel Rubio
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Guía de Montaña


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