miércoles, 9 de abril de 2025

Ruta hacia el río Guadyerbas - Sierra de San Vicente (Toledo)

Ruta hacia el río Guadyerbas - Sierra de San Vicente (Toledo)

 
Salimos desde "El Real de San Vicente" hacia el Puerto del Piélago (1223 m), con dirección al primer tramo del nacimiento del río Guadyerbas...
 
Naturaleza en estado puro...
 




 
Nos cruzamos con varios arroyos... que desde lejos anuncian el sonido del agua que baja incesantemente...
 





 
El vuelo del Águila Calzada...
 










 
Puerto del Piélago (1223 m)
 

 
Convento del Piélago
(Siglo XVII)
 




 
Río Guadyerbas
(Primer tramo)
 
Campamento del Piélago
(Navamorcuende - Toledo)
 





 
Por debajo de la Fuente del Contador
(Acuífero del río Guadyerbas)
 



Campamento del Piélago
 
 
El río Guadyerbas es un curso de agua del centro de la península ibérica, afluente del Tiétar. Pertenece a la cuenca hidrográfica del Tajo.
 
Nace a unos 1200 m de altitud sobre el nivel del mar, al sur del monte Cruces (El Piélago), en la sierra de San Vicente. El curso de agua, que tiene todo su recorrido por la provincia española de Toledo, discurre hacia el oeste entre bosques de sabinas, álamos y encinas, atravesando los términos municipales de Navamorcuende, Sotillo de las Palomas, Segurilla, Mejorada, Velada, Montesclaros, Parrillas y Navalcán. Fluye hacia el embalse de Navalcán y 7 km más adelante se une al río Tiétar.
 
Tiene una longitud de 35,0 km.
 
En el entorno de este río se encuentra la reserva fluvial de Sotos del Río Guadyerbas y Arenales del Baldío de Velada,​ con sistemas dunares y fauna acuática de gran relevancia.
 
 
El río Guadyerbas
(Primer tramo nacimiento)
 


 
Bajando hacia El Real de San Vicente
(Regreso)
 




Fuente del "Descanso"
 
 
Fuente "Fría"
 

Puente de madera del "Batán"
 
VÍDEOS
 
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RUTA
 

 
VÍDEO
 

 
Momentos en el tiempo...
 


martes, 8 de abril de 2025

El Agua que calló – La leyenda del manantial del Castillo de San Vicente 6/6

 

El Agua que calló – La leyenda del manantial del Castillo de San Vicente 6/6

6. Castillo de San Vicente (Siglo XIII)

Soy el Castillo de San Vicente, y mis cimientos reposan sobre las raíces del tiempo. Nací sobre una antigua atalaya islámica, heredero de torres y silencios que los vientos aún murmuran en la Sierra de San Vicente. He resistido tormentas, asedios, olvidos… pero lo más valioso que guardé nunca fue un secreto de agua y vida.
 
En el corazón de mis muros, escondido tras una sala sin nombre, brotaba un manantial puro y milagroso. Su agua no era común: clara como el alba y fresca incluso bajo el sol de agosto, tenía la virtud de sanar heridas, aliviar males y devolver la juventud a quien bebiera de ella con fe sincera.
 
Nadie sabe de dónde venía. Algunos decían que surgía de una veta sagrada que conectaba con el alma de la sierra. Otros, que fue regalo de un ángel errante, como pago por haber dado refugio a un niño perseguido siglos atrás. Lo cierto es que su poder era real, y su existencia, guardada como el mayor de los secretos.

 
Los monjes del convento cercano lo conocían. Algunos nobles, también. Llegaban de noche, en silencio, guiados por antorchas cubiertas. Bebían, sanaban… y se iban. Nunca una palabra, nunca una moneda. Solo respeto.
 
Pero el hombre no sabe guardar milagros sin ensuciarlos.
 
Con el tiempo, la ambición hizo grietas más hondas que el agua. Alguien habló más de la cuenta. Alguien vendió un frasco. El manantial, que había brotado sin pedir nada, comenzó a fluir más lento, más frío, más triste. Hasta que un día, sin aviso ni temblor, se secó.
 
Silencio.
  
Ni una gota.
 
Ni un hilo.

Desde entonces, muchos han bajado a buscarlo. Excavadores, brujos, eruditos… todos regresan con las manos vacías. Solo yo, que lo guardé durante siglos, puedo oír aún, en las noches más calladas, un eco húmedo, como un latido subterráneo. Tal vez el manantial no se ha ido… solo espera.
 
Espera al alma noble que beba no por curarse, sino por cuidar.
 
Y hasta que llegue ese día, permaneceré aquí, entre zarzas y piedras, mirando al horizonte como un centinela dormido.
 
Soy el Castillo de San Vicente.
 
Y bajo mis piedras, aún late el milagro que un día fue agua.

 

 
David Miguel Rubio
Promotor Turístico en Castilla-La Mancha
Guía por Itinerarios de Baja y Media Montaña
Informador Turístico Rutas Religiosas Sierra de San Vicente (*)
 
(*) Ermita de la Virgen del Piélago, Convento Carmelitas Calzados, Pozos de la nieve, Ermita de los "Santos Mártires" y Castillo de San Vicente.


La Reina del Último Alba – La leyenda de la Atalaya Emiral 5/6

 
La Reina del Último Alba – La leyenda de la Atalaya Emiral 5/6
 
5. Atalaya Emiral (Siglo X)
 
Soy la Atalaya Emiral, una torre de vigilancia erigida en el siglo X durante el dominio islámico.
 
Soy la Atalaya Emiral.
 
Me alzo solitaria sobre la sierra, vigía de vientos y guardianes olvidados. Mis piedras conocen el fuego, la sangre y el tiempo, pero también el amor que desafía imperios.
 
Fui erigida en el siglo X, cuando el dominio del Islam cubría estas tierras como un manto de arena y luna. Desde mis alturas, los centinelas oteaban el horizonte, buscando enemigos o señales del desierto. Pero entre mis muros, una historia quedó atrapada como una lágrima en el polvo.
 
 
Se cuenta que durante los últimos días del dominio musulmán, una reina mora fue traída hasta mí, prisionera de su propio pueblo. Su nombre se ha perdido, pero los ancianos aún la llaman Zahira, que significa “luz brillante”. Era joven, sabia y hermosa, hija de un emir de Talavera. Su crimen: haberse enamorado de un caballero templario, un enemigo cristiano al que conoció en un encuentro fortuito junto al río Tiétar.
 
Dicen que sus miradas se cruzaron entre espada y agua, y que en secreto, entre cartas escondidas y noches robadas, nació un amor imposible. Cuando el emir lo descubrió, ordenó su encierro en esta torre —en mí— para que se enfriara su corazón o muriera con él.
 
 
Zahira pasó sus días mirando al horizonte, esperando ver la silueta de su caballero entre los pinos y las rocas. A veces cantaba versos antiguos, otras veces simplemente lloraba. Nunca dejó de creer que él vendría. Pero el templario cayó en batalla antes de poder rescatarla, su cuerpo jamás encontrado, su cruz blanca perdida entre la maleza.
 
Una mañana, Zahira no bajó al patio. La encontraron tendida junto al ventanuco más alto, con una flor seca entre las manos. Murió sin cadenas, pero cautiva del amor más fiel que jamás vio esta sierra.
 
 
Desde entonces, en ciertas noches de luna llena, algunos pastores aseguran ver una figura vestida de blanco, con velo dorado, caminar por las alturas de la torre, mirando al sur, donde murió su amado.
 
Yo la siento aún.
 
Soy la Atalaya Emiral.
 
Y en mis piedras vive el suspiro de Zahira, la reina que murió de amor.
 

 
David Miguel Rubio
Promotor Turístico en Castilla-La Mancha
Guía por Itinerarios de Baja y Media Montaña
Informador Turístico Rutas Religiosas Sierra de San Vicente (*)
 
(*) Ermita de la Virgen del Piélago, Convento Carmelitas Calzados, Pozos de la nieve, Ermita de los "Santos Mártires" y Castillo de San Vicente.


Los Pasillos del Silencio – La leyenda de la cueva bajo la ermita 4/6

 
Los Pasillos del Silencio – La leyenda de la cueva bajo la ermita 4/6
 
4. Ermita de los Santos Mártires (Siglo XVII)

Soy la Ermita de los Santos Mártires, construida sobre una cueva...
 
Me alzo humilde entre los robles y las jaras de la Sierra de San Vicente. Desde hace siglos, los pasos de los fieles han rozado mis losas, y las oraciones han llenado mi nave de ecos sagrados. Pero mucho antes de que se levantaran mis muros, ya existía el corazón de mi historia: una cueva oscura y sagrada, tallada por el tiempo y los milagros.

Cuenta la tradición que aquí se refugiaron San Vicente y sus hermanas, Sabina y Cristeta, cuando huían de las autoridades romanas que perseguían a los cristianos. La cueva los acogió como un vientre de piedra, y durante días vivieron entre la humedad y el silencio, alimentados por raíces, agua de manantial… y fe.
 
Pero lo que pocos saben es que aquella cueva no era un simple escondite, sino la entrada a un antiguo pasadizo que, como una vena secreta de la montaña, conectaba directamente con el Castillo de San Vicente, una fortaleza en lo alto del cerro, hoy dormida entre ruinas.

 
Durante siglos, sólo unos pocos conocieron este paso. Los frailes, los pastores más antiguos, y algún noble con demasiados enemigos. Los túneles se extendían como un laberinto bajo tierra, y en sus ramificaciones se excavaron estancias secretas, cámaras donde se guardaban libros prohibidos, cofres con documentos y, según cuentan los más osados, reliquias traídas desde el mismísimo norte de África.
 
Dicen que si uno recorre la cueva en silencio total, puede escuchar aún el eco de las pisadas de aquellos que huyeron por allí, o el susurro de una oración lejana que nunca se terminó de pronunciar.

Hubo un tiempo, durante la Guerra de la Independencia, en que guerrilleros locales utilizaron ese mismo pasadizo para sorprender a los franceses. Entraban por la cueva de la ermita y aparecían tras las almenas del castillo, como fantasmas de la sierra.
 
Hoy, todo parece en calma. El bosque ha cubierto las huellas, la piedra ha cerrado muchas de las entradas, y sólo los muy viejos recuerdan el camino.
 
Pero yo lo sé.
 
Porque soy la Ermita.
 
Y guardo, bajo mis cimientos, los secretos del monte y los susurros de los mártires.

 
La cámara secreta
El Tesoro del Piélago
 
En los días del siglo décimo séptimo, quando la fe y el temor de Dios regían los destinos de los varones, se cuenta entre los moradores de las tierras de la sierra de San Vicente, una estoria de grande misterio e maravilla. Decíase que los frailes de la Orden de los Carmelitas Calzados, aposentados en el sacro Convento del Piélago, fueron encomendados por la Santa Madre Iglesia con la custodia de riquezas sin parangón, a fin de librarlas de las manos de infieles, herejes e bandoleros.
 
Non lejos del monasterio, en la peña umbrosa que el vulgo llamaba la Cueva de los Santos Mártires, los buenos frailes hallaron abrigo para tal encomienda. A cien varas de la entrada escabrosa, oculta tras un recodo donde la luz apenas osa penetrar, abriéronse con maña e rezos los muros del monte para dar paso a una cámara secreta, labrada por los frailes en la piedra misma de la entraña terrestre.
 
Allí, en profundo silencio y bajo la protección de la cruz, posaron cofres repletos de reales de a ocho, labrados en plata del Nuevo Mundo, así como cálices, custodias, incensarios y otros ornamentos litúrgicos, todo ello cincelado en oro y plata, e engastado de topacios, amatistas e rubíes.
 
Mas el más preciado de los tesoros, según reza la tradición, era un “Lignum Crucis”, fragmento verdadero del Árbol Santo donde Nuestro Redentor fue clavado. Tal reliquia, traída con gran peligro desde la Ciudad Santa de Jerusalén, fue engarzada en un relicario de oro macizo, ornado con gemas preciosas, cuya sola visión movía al llanto de devoción e al temblor de los fieles.
  
Sepan, pues, cuantos lean estas letras, que el tesoro y su secreto durmieron bajo la piedra e el rezo por siglos incontables. Mas el monte, como Dios, non olvida, y quien con alma pura busque, podría aún hallar la huella de aquellos días santos.

David Miguel Rubio
Promotor Turístico en Castilla-La Mancha
Guía por Itinerarios de Baja y Media Montaña
Informador Turístico Rutas Religiosas Sierra de San Vicente (*)
 
(*) Ermita de la Virgen del Piélago, Convento Carmelitas Calzados, Pozos de la nieve, Ermita de los "Santos Mártires" y Castillo de San Vicente.


El Susurro del Pozo – La leyenda del licor escondido 3/6


  
El Susurro del Pozo – La leyenda del licor escondido 3/6
 
Pozo de la Nieve (Siglo XVII)

Soy el Pozo de la Nieve, una estructura circular donde, en tiempos pasados, los frailes del Convento Carmelita cercano almacenaban la nieve del invierno.
 
Soy el Pozo de la Nieve.
 
De mí se dice que fui cavado para guardar el frío del invierno, que durante siglos albergué la nieve que los frailes recogían con paciencia y que servía para conservar alimentos y aliviar fiebres. Pero esa es solo una parte de la historia… la que se puede contar a plena luz del día.
 
 
Mi verdadera historia habita en la penumbra de los susurros, en las noches sin luna, cuando el viento baja del Pico de San Vicente y acaricia las piedras que me forman.
 
Fue hace siglos, cuando aún resonaban los cánticos de aquel convento cercano, que los frailes descubrieron algo más valioso que la nieve: el arte de destilar la pureza misma de la tierra. 
 
En secreto, aprovechando las frías entrañas de mi cuerpo, comenzaron a almacenar algo distinto… vino dulce, espeso como la sangre, y aguardiente cristalino, fuerte como el alma.
 
 
El secreto era celosamente guardado. Solo unos pocos sabían que, mientras en la superficie se recogía nieve, en lo más profundo del pozo reposaban toneles de licor. Se dice que aquel vino, criado en silencio entre la piedra y el hielo, era tan puro que los nobles de Talavera, Oropesa e incluso Toledo pagaban auténticas fortunas por una copa.
 
Los frailes lo vendían de forma clandestina, bajo el juramento de que nunca se revelaría el origen. A los compradores se les entregaba en frascos de cerámica sin nombre, y quien preguntaba demasiado… simplemente no volvía a comprar.
 
Una noche, uno de los jóvenes frailes, tentado por la codicia, quiso hacerse con todo el licor y huir. Bajó al pozo con sogas, pero nunca volvió a salir. Algunos dicen que resbaló. Otros, que el mismísimo pozo —yo— lo tragué como castigo, sellando el secreto para siempre.
 
 
Desde entonces, nadie ha vuelto a tocar mi fondo. El convento cayó en silencio, los frailes desaparecieron con el tiempo, y el licor… quién sabe si aún duerme entre mis piedras, esperando una nueva lengua que sepa guardar un secreto.
 
Así paso mis días, bajo el musgo y la historia, escuchando las pisadas de los que se acercan sin saber quien soy realmente.
 
Soy el Pozo de la Nieve. Y guardo más que hielo. Guardo un secreto escondido en el tiempo...
 


La Covacha del Tesoro – Leyenda del Convento del Piélago 2/6


 
La Covacha del Tesoro – Leyenda del Convento del Piélago 2/6
 
2. El Real Convento Carmelitano del Santo Desierto del Piélago (Siglo XVII)
 
En lo más profundo de la Sierra de San Vicente, entre pinos que se inclinan con respeto y senderos que parecen llevar al olvido, se alzaba majestuoso el Convento del Piélago. Fue hogar de frailes sabios, custodios de libros antiguos, reliquias sagradas… y de un secreto que el tiempo apenas ha logrado silenciar.
 
 
Corría el siglo XVII cuando los rumores de guerra y saqueos comenzaron a cercar la comarca. Bandas armadas, ladrones disfrazados de soldados y cazadores de reliquias merodeaban los caminos. Preocupados por la seguridad de su legado, los frailes decidieron ocultar sus mayores tesoros: cálices de oro, cruces de plata labrada, monedas romanas halladas en antiguas rutas, y hasta fragmentos de reliquias traídas desde Tierra Santa.
 
 
Guiados por el hermano Martín —el más ágil y discreto de todos—, transportaron los cofres durante la noche, en procesión silenciosa, hasta una hendidura secreta en el Pico de San Vicente, conocida por los pastores como la Covacha del Diablo, por los ecos extraños que allí resonaban.
 
Allí, entre musgos y raíces, cavaron una cámara oculta, sellada con piedras y cubierta por ramas y zarzas. Según cuentan, al final del ritual, los frailes se arrodillaron y recitaron una oración especial, sellando el lugar no sólo con rocas… sino con un juramento que sólo podría romper un corazón puro.
 
 
Poco después, el convento fue asaltado, pero no hallaron más que libros y velas. Los saqueadores, furiosos, prendieron fuego a parte del recinto, creyendo que los frailes habían huido con el tesoro. Pero ni una moneda salió jamás del bosque.
  
Desde entonces, muchos han buscado la covacha secreta del Pico de San Vicente. Algunos aseguran haber visto luces danzando entre los árboles al caer la noche. Otros hablan de voces susurrantes, y hay quien jura que, si te acercas demasiado, una sombra encapuchada aparece entre la niebla y te obliga a dar la vuelta… o a quedarte allí para siempre, como nuevo guardián del secreto.
 
Y así, la sierra guarda su misterio. El tesoro duerme, no lejos del viento… esperando al valiente (o al imprudente) que se atreva a romper el silencio.
 

 
David Miguel Rubio
Promotor Turístico en Castilla-La Mancha
Guía por Itinerarios de Baja y Media Montaña
Informador Turístico Rutas Religiosas Sierra de San Vicente (*)
 
(*) Ermita de la Virgen del Piélago, Convento Carmelitas Calzados, Pozos de la nieve, Ermita de los "Santos Mártires" y Castillo de San Vicente.


La Sombra del Báculo (Ermita de Nuestra Señora del Piélago) – Leyenda del Piélago 1/6

 
La Sombra del Báculo (Ermita de Nuestra Señora del Piélago) – Leyenda del Piélago 1/6
 
1. Ermita de Nuestra Señora del Piélago (Siglo XVI)
  
En lo alto de la Sierra de San Vicente, donde los robles susurran historias al viento y las nieblas del amanecer ocultan más de lo que muestran, se alza solitaria la Ermita de Nuestra Señora del Piélago. Fue construida en el siglo XVI, pero los aldeanos aseguran que el lugar ya era sagrado mucho antes de que se colocara la primera piedra.
 
Cuenta la leyenda que bajo el altar se custodiaba una reliquia singular: una piedra marcada con las huellas de los pies y el báculo del mismísimo San Vicente, que, según los más ancianos, se apareció allí siglos atrás durante su huida de la persecución. Aquel objeto era fuente de milagros y peregrinaciones. El agua que brotaba cerca de la ermita, al contacto con la piedra, sanaba llagas y huesos, mejoraba los problemas de la vista y otros males...
 
 
Pero no todos los ojos que posaban su mirada en la reliquia buscaban fe. En el verano de 1604, un viajero extraño —cubierto por una capa negra y acompañado por un cuervo que nunca graznaba— se presentó en la ermita. Observó, midió, y desapareció. Aquella noche, el ermitaño custodio, un anciano llamado Mateo, tuvo un sueño revelador: una mujer vestida de luz le advirtió que la reliquia estaba en peligro y debía ser protegida.
 
A la mañana siguiente, Mateo hizo traer a un cantero del pueblo. En secreto, creó una copia exacta de la piedra, y la verdadera fue trasladada, bajo la protección de clérigos leales, a una iglesia en la Sierra de San Vicente, en donde fue escondida. 
 
Tan sólo unos días después, en septiembre de 1604, la ermita fue profanada. La copia fue robada, y llevada a la Colegiata de Talavera de la Reina, aunque muchos pensaron que era el fin de los milagros, los verdaderos fieles sabían que lo sagrado aún estaba a salvo.
 
 
Hoy, pocos conocen esta historia. La ermita sigue en ruinas, solitaria pero digna, guardando silencio. Y cuando el sol se pone tras las cumbres y la bruma baja a los valles, algunos peregrinos dicen ver una figura que recorre el sendero, apoyada en un báculo invisible, velando por la memoria de aquello que una vez fue sagrado.
 

 
David Miguel Rubio
Promotor Turístico en Castilla-La Mancha
Guía por Itinerarios de Baja y Media Montaña
Informador Turístico Rutas Religiosas Sierra de San Vicente (*)
 
(*) Ermita de la Virgen del Piélago, Convento Carmelitas Calzados, Pozos de la nieve, Ermita de los "Santos Mártires" y Castillo de San Vicente.


viernes, 4 de abril de 2025

Naturaleza salvaje (El agua que brota incesante) - Recorrido por los pueblos de la Provincia de Toledo

Naturaleza salvaje (El agua que brota incesante) - Recorrido por los pueblos de la Provincia de Toledo
 
Cuando el cielo descarga lluvia día tras día...
Y el suelo ya no puede absorber más agua...
 
Cuando los arroyos recogen agua en su trayectoria, de múltiples acuíferos...
 
Y todo se desborda sin remedio...

Alcaudete de la Jara
 Almendral de la Cañada
   Belvís de la Jara
    Cardiel de los Montes
      El Real de San Vicente
        Escalona
          Iglesuela del Tiétar
            Pelahustán
              Talavera de la Reina
 

Alcaudete de la Jara
(Toledo)
Río Gévalo
 
 
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Almendral de la Cañada
(Toledo)
Fuente y abrevadero
 
  
Belvís de la Jara
(Toledo)
Río Tamujoso
 

Atalaya del Alberche
Cardiel de los Montes
(Toledo)
Río Alberche
 

El Real de San Vicente

(Toledo)
Vertiente del Bonal
 

Escalona
(Toledo)
Río Alberche
 

Iglesuela del Tiétar
(Toledo)

Río Tiétar
 
  

Pelahustán
(Toledo)
Arroyo de la Porra
 

Talavera de la Reina
(Toledo)
Río Tajo