viernes, 16 de enero de 2026

Mujeres "Talaveranas" hadas en la Ciudad de la Cerámica (Talavera)

Mujeres "Talaveranas" hadas en la Ciudad de la Cerámica (Talavera)
 

 
Mujeres talaveranas
Hadas de cuento
 
En Talavera despiertan las hadas
con el alba tibia del Tajo lento,
mujeres de barro y de agua clara,
de azul antiguo y blanco eterno.
 
Caminan suaves por calles de loza,
con pasos que guardan siglos de historia,
sus manos saben de torno y de rosa,
de fuego paciente, de fe y memoria.
 
Son hadas nacidas del polvo y la arcilla,
del canto del río, del sol en las eras,
custodian secretos en cada vajilla,
en cada azulejo laten primaveras.
 



 
La mujer talaverana, luz callada,
teje sueños en hornos encendidos,
pinta el mundo sin decir palabra
y deja el alma en trazos compartidos.
 
En sus ojos vive la ciudad entera:
murallas, torres, patios y corrales;
cuando sonríe, Talavera espera
y florecen los campos y los tejares.
 
Hadas de alfar, de hogar y de viento,
guardianas del tiempo y la belleza,
en cada plato, en cada cuento,
duerme Talavera… y su grandeza.
 
Porque si un día se apaga la llama
y el barro parece perder la voz,
bastará una mujer talaverana
para que la cerámica vuelva a ser sol.
 



 
Cuando las Hadas "Talaveranas" despiertan
 
Cuando cae la tarde y la ciudad baja la voz, las hadas talaveranas despiertan.
Nacen del brillo azul de los azulejos y del polvo fino de la arcilla dormida.
Ligera es su forma, pero profundo su recuerdo: vuelan.
 
Cruzan el Puente Viejo rozando el Tajo,
y el río, al sentirlas, se vuelve espejo antiguo.
Sus alas tiemblan con el murmullo del agua del Tajo...
y dejan sobre la piedra un eco de siglos.
Se elevan junto a las murallas,
donde la historia aún respira entre almenas.
 
Allí tocan el tiempo con los dedos
y despiertan nombres que nunca se fueron.
Rodean la Basílica del Prado,
acarician la cerámica como quien reza,
y en cada panel dejan un suspiro azul,
una promesa de luz y de primavera.
Vuelan sobre la plaza del Pan,
donde el aire guarda risas antiguas,
y juegan entre sombras de soportales
que recuerdan mercados y vidas sencillas.
 
Se detienen en El Salvador,
campanario que conoce todos los silencios,
y desde lo alto escuchan a Talavera
latir despacio, como un corazón de barro.
Al amanecer regresan a los talleres,
se esconden en hornos apagados y patios blancos,
porque las hadas talaveranas no se marchan:
se quedan a cuidar la ciudad.
 
Y quien camine atento, con el alma abierta,
podrá verlas alzar el vuelo en un reflejo,
porque Talavera no solo se mira…
Talavera se sueña.
 





 
Hadas "Talaveranas"
 
Al anochecer, cuando Talavera se recoge como un plato recién cocido y las luces bajan el tono, las hadas talaveranas salen a recorrer las calles.
No hacen ruido.
  
No quieren despertar a nadie.
Avanzan despacio por aceras conocidas, flotando apenas un palmo sobre el suelo. Las farolas dibujan sombras largas y azules sobre la cerámica de las fachadas, y en ese brillo tenue se les adivina el rostro… un rostro que fue humano.
Caminan solitarias.
 
No por tristeza, sino por recuerdo.
Cada esquina guarda un nombre.
Cada banco, una risa.
Cada portal, una despedida.
Pasan por la calle donde vivieron, se detienen ante ventanas apagadas, y por un instante creen escuchar una voz que las llama para cenar. Recuerdan manos que las sostuvieron, amigos que crecieron a su lado, amores que se quedaron para siempre en el barro blando de la memoria.
 





 
Hubo un tiempo en que también ellas tuvieron prisa.
Un tiempo de pasos firmes, de días comunes, de domingos lentos.
 
Entonces no volaban.
Entonces no sabían que estaban sembrando eternidad.
Ahora, convertidas en hadas, guardan lo que fue.
 
Custodian la ciudad mientras duerme,
porque alguien debe recordar cuando todos olvidan.
Se acercan al río y el Tajo, viejo confidente, devuelve su reflejo mezclado: mujer y hada, pasado y presente. No lloran. El agua ya sabe.
Antes del amanecer regresan al silencio. Se esconden entre azulejos antiguos, hornos fríos y patios cerrados. Allí descansan, abrazando recuerdos como quien protege una pieza frágil.
 
Talavera duerme tranquila.
Las hadas velan.
Y si alguna noche sientes que la ciudad suspira,
no es el viento.
Es una mujer talaverana…
recordando que una vez fue humana,
y que nunca dejó de amar.
 












 
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